Etapa 1: La Muralla del Tiempo, un Queso Surrealista y los Guardianes de Ferreira

27 kilómetros de Lugo a Ferreira por el Camino Primitivo. Realismo mágico gallego, historias de peregrinos anclados en el tiempo y el valor de lo humano.


Rozaban las doce de la noche cuando el leve crujido de la puerta rompió el silencio de nuestro albergue boutique. Nuestra pasajera misteriosa, la de las gafas y el tren perdido, finalmente había cruzado el umbral. Tras una presentación forzosamente breve y en susurros, la ansiedad de la espera se disolvió, permitiéndonos descansar.

El lunes arrancó a las 6:00 a.m. Sentados al borde de las camas, cada uno de nosotros comenzó esa ceremonia íntima y silenciosa que es preparar la mochila; ese caparazón que nos acompañaría a cada paso. El albergue nos había dejado un desayuno impecable, y con las primeras luces del alba asomando tímidamente, a eso de las siete de la mañana, salimos a las calles empedradas de Lugo.

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Cruzar una de las puertas de la Muralla Romana para abandonar la ciudad fue una experiencia casi mística. Es literalmente atravesar una frontera temporal; un paso que te arranca de la modernidad y te sumerge, en cuestión de minutos, en el abrazo verde y ancestral de la Galicia profunda. Nos separaban 27 kilómetros de nuestro destino: Ferreira.


El Camino tiene la extraña virtud de desdibujar la línea entre la realidad y la ficción. Llevábamos un rato caminando cuando, al borde del sendero, vislumbramos una casa de piedra que parecía sacada de una película de Hitchcock o de los mismísimos Locos Addams. De pronto, la puerta se abrió de golpe y salió una abuela a toda velocidad, empujando su andador con una agilidad pasmosa y una sonrisa de oreja a oreja. Segundos después, salió corriendo tras ella una mujer… con un delantal de cocina completamente ensangrentado.

Mi mente de asfalto procesó la escena a la velocidad de la luz: «Se les ha escapado la abuela». Hice el ademán de preguntar si necesitaba ayuda con la fuga, pero la mujer del delantal se frenó en seco y me lanzó una frase que me dejó de piedra: —¿Quiere queso? —¿Eeehh? —balbuceé, intentando cuadrar la sangre, la abuela veloz y la oferta láctea. —Que si quiere comprar un queso, estaba cocinando carne —aclaró.

La escena era tan maravillosamente surrealista que no pude evitar echarme a reír. Accedí a la invitación y crucé la puerta hacia un tambo totalmente improvisado. Allí, los terneros caminaban sueltos por un predio cerrado, disfrutando del día, y en una esquina, reinaba una antigua heladera Siam, de esas robustas con una gran bolilla plateada en la manija. Por 10 euros, un queso artesanal recién hecho pasó a mis manos. Un pedazo de realismo mágico gallego en estado puro que nos acompañó durante el resto del trayecto.

El camino hasta Ferreira se hizo largo, pero el paisaje y la cadencia de nuestros pasos mantuvieron la mente despejada. Ferreira, o San Paio de Ferreira, es una minúscula aldea de la provincia de Lugo, históricamente vital para los peregrinos medievales gracias a su antiguo puente de origen romano (Ponte Ferreira), que permitía a los caminantes sortear el río en su ruta hacia Melide. Hoy es un remanso de paz de apenas un puñado de habitantes.

Llegamos a nuestro albergue, una edificación solitaria en medio de la nada. Estaba completamente vacío. Tras una llamada a recepción, nos avisaron que llegarían en breve. Quienes aparecieron para darnos la bienvenida fueron una pareja de peruanos. Nos acomodaron, nos dimos una merecida ducha y fuimos a reponer fuerzas a la única fonda del pueblo.

Al regresar, la curiosidad me pudo. Les pregunté a los hospitaleros cómo habían terminado allí, tan lejos de su hogar. Su respuesta fue otro de los grandes misterios del Camino: «Somos peregrinos. Estábamos haciendo el trayecto, pero nunca llegamos a Santiago. Nos enamoramos de este lugar, y aquí nos quedamos hace siete años».


La tarde aún guardaba sorpresas. Un peregrino que pasaba me reconoció y se me acercó: «Tengo una historia que te va a gustar, Gerardo. Ve a unos 200 metros, pregunta por Juan de mi parte; te va a contar algo increíble». La duda me dejó paralizado por un segundo, pero la curiosidad de quien busca la esencia de estos viajes fue más fuerte.

Fui hasta el portal indicado. Juan me recibió con una sonrisa curtida. Me contó que hace tres años caminaba por esta misma ruta, sin muchas ganas de continuar. Le gustó el entorno y se instaló de okupa en una casa abandonada. Al año, lo desalojaron. Cruzó la calle y ocupó la de enfrente. Lo volvieron a echar, y ahora estaba en una tercera propiedad. —¿Y esto te parece bien? —le pregunté, asombrado por su franqueza. —La verdad es que no —me respondió con calma—. Pero yo ocupo estas casas para darles a los peregrinos un lugar de acogida. Les ofrezco un espacio limpio, agua y un desayuno. A cambio, ellos me ayudan con alguna moneda para seguir manteniendo este lugar, que antes estaba abandonado y ahora vuelve a tener vida.

Brindamos por las vueltas de la vida con un chupito de licor de dudosa procedencia y muchas risas. Volví al albergue con la libreta a rebosar de anécdotas, de humanidad y de poesía cruda. La noche finalmente se cerró sobre Ferreira. Mañana nos esperan 20 kilómetros hasta Melide, pero esta etapa ya se nos ha quedado grabada en el alma.

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